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Vidueiro
Manuel Antonio Cuevas Vidueiro

Biografía

Manuel Antonio Cuevas Vidueiro

Manuel Antonio Cuevas Vidueiro (Santiago de Cuba, 1997) es un artista visual cuya práctica gira en torno a la identidad, la intimidad, la memoria y las formas de autorrepresentación. De formación autodidacta, desde 2017 ha construido una investigación que parte del dibujo y la pintura y se expande hacia la técnica mixta, el collage, la fotografía, el objeto y la instalación.

Entre 2019 y 2022 presentó exposiciones individuales y colectivas en Santiago de Cuba y otras localidades, y en 2019 recibió un premio en el Salón Internacional del Caribe. Desde 2024 trabaja en España, donde ha expuesto, entre otras, en «Segmentos» (Museo Casa Parada, Tarancón, 2024) y «Punzadas del ser» (Galería Alzacopas, Madrid, 2024).

Su investigación actual es el Autorretrativismo, concepto que ha acuñado para entender el autorretrato como proceso y no solo como representación física.

Trayectoria

2017
Primeras exposiciones colectivas y Salón de Arte Religioso.
2019
Primera exposición personal: «La piel que habito».
2019
Premio del Salón Internacional del Caribe.
2020
XIV Encuentro Internacional de Pintura Mural INTERNOS.
2022
Exposición personal «Modo Avión», Galería Arte Soy.
2023
Cierra la etapa Origen con «El intermediario», un autorretrato.
2024
«Segmentos», Museo Casa Parada, Tarancón.
2024
«Punzadas del ser», Galería Alzacopas, Madrid.
2025
«Desde la Ansiedad», acción con autorretratos registrada con dron.
2026
«Presencias Cruzadas», Museo de Arte Contemporáneo, Tarancón.
Hoy
El Testigo: 80 de mil autorretratos, en Madrid.

Autorretratarme: apuntes para una biografía en proceso

Hablar de mí es, inevitablemente, hablar de los lugares que me habitan. No concibo mi trayectoria —ni la personal ni la creativa— separada de los entornos que me han moldeado. Vengo de espacios saturados de estímulos: olores que se mezclan, ruidos que compiten entre sí, presencias humanas que se superponen sin descanso. El mar, cercano o imaginado, siempre ha estado ahí como una frontera viva; la ciudad, con sus ritmos desiguales y su desgaste cotidiano, fue mi primer espejo.

Muy pronto comprendí que el rostro no es solo una superficie, sino un territorio. Mis manos —manchadas de trabajo, de intentos, de errores— han sido testigos de un proceso que no ha seguido caminos lineales. Me formé desde el autodidactismo, la observación insistente y la necesidad de entrenarme una y otra vez, combinando estudios formales con talleres, asesorías y aprendizajes que surgieron más del intercambio humano que de los programas establecidos. Cada paso fue una forma de curación lenta, como esos procesos que necesitan tiempo y paciencia para llegar a su punto justo.

Nunca me interesaron los formatos cómodos ni las soluciones previsibles. El gran formato apareció pronto como un reto inevitable, casi físico, en el que el cuerpo entra en diálogo directo con la obra. En ese enfrentamiento surgió una constante: el rostro. No como identidad cerrada, sino como campo de batalla. Cada imagen fue, y sigue siendo, un intento de comprender mis propios estados, mis reacciones, mis fracturas y mis proyecciones como individuo dentro de una realidad social compleja y muchas veces hostil.

Con los años, mi trabajo empezó a circular en exposiciones personales y colectivas, espacios que no viví como metas, sino como estaciones de tránsito. Cada muestra marcó un momento de mi biografía emocional: la piel como frontera, la espera como conflicto, la mirada dirigida hacia lo alto en busca de sentido, el silencio impuesto o elegido como mecanismo de defensa. Algunas de esas experiencias superaron expectativas ajenas; para mí, todas fueron necesarias.

He participado como creador, como jurado y como observador crítico del contexto artístico que me rodea. Sin embargo, nunca he dejado de sentirme en proceso. A una edad en la que suelen concentrarse las crisis, las rupturas y las redefiniciones, entendí que mi trabajo no podía separarse de una postura ética: asumir la creación como un ejercicio de responsabilidad, de cuestionamiento social y de resistencia íntima.

De esa postura nace lo que he llamado Autorretrativismo. No como una categoría estética cerrada, ni como una reiteración narcisista del yo, sino como una herramienta crítica. Autorretratarme es examinarme, desmontarme y volver a armarme desde mis vínculos con los otros, desde mis desarraigos, mis inadaptaciones y mis aspiraciones. No me interesa el existencialismo vacío; me interesa el ser humano atravesado por su tiempo: vulnerable, inconcluso, contradictorio.

Mi obra es, en esencia, una galería de estados. Rostros que no buscan agradar, sino interpelar. Entornos cargados de angustia y, al mismo tiempo, de una esperanza obstinada. En cada imagen late la necesidad de restaurarnos, de salvar algo de nosotros mismos antes de que el espejo deje de devolvernos una mirada reconocible. Quizá por eso sigo trabajando: porque aún no termino de encontrar mi rostro, y porque sé que, en esa búsqueda, otros también se descubren.

Vidueiro

«Siento la gran necesidad de llevar a cualquier superficie lo que pienso, quizás sea eso lo que me hace ser un artista»

Vidueiro

«El arte nos sirve de refugio cuando necesitamos escapar de la sociedad»

Vidueiro

Texto crítico

Vidueiro. Una alquimia para el color

Manuel Antonio Cuevas Vidueiro blande como escudo la piel de la mujer. Es justo el lienzo donde descansa el espectro de la espiritualidad, sobre el cual estampa las pinceladas de la real historia que vivimos, sólo posible, precisamente, a esa entidad nombrada MUJER.

Cierto que la mujer es el ícono que posibilita la existencia de un artista como Manuel Antonio Cuevas Vidueiro… ¿es que habrá alguna excepción creativa en este planeta Tierra? Pero, que conste, el creador empalma esta predilección en constante dinamismo con el contexto social. Y éste, precisamente, es el mérito de Manuel: un principio ético y estético orgánico: No es mujer por mujer.

La obra de Cuevas Vidueiro es como la técnica literaria de la Caja China o como la chistera o cajas ocultas de un mago… el más mínimo detalle visual contiene, a su vez, un sinfín conceptual. El artista padece, para bien, de una necesidad sentida, cuando en su quehacer artístico ubica a la mujer en el centro de su universo, como un ser de conciencia ávida y punzante en su perseverancia por crecer, con dotes naturales que apuntan hacia su capacidad de iluminar las zonas oscuras del espíritu humano, mostrando así la geografía insospechada de su profundo pensamiento de renovación y revitalización de los actos de vida.

El creador es leal a sus códigos, no cesa de mostrarlos, pero sin exuberancias formales y conceptuales, y sin que pese imposición alguna para el espectador seguidor de su obra. El hiperrealismo puede sentir respiración y hasta cabida en el manejo artístico de Manuel. Pero, es solo cuestión de habilidades y sustratos. He aquí una sus virtudes.

El artista no se obstina en el regodeo de los conflictos sociales, los examina a partir de su intimidad. Para él lo esencial resulta de la trascendencia del ser humano libre, a partir de su cronología de vida, de su ascenso y de su re-validación existencial desde el dinamismo que imponen el tiempo y el espacio.

En los lienzos de Manuel Antonio Cuevas Vidueiro emergen páginas de sicología y sociología, que se entrelazan con la antropología cultural que desmarca su pincel. Esta es su propia historia de vida. Porque, al decir de la historiadora de arte, crítica, curadora y ensayista Luisa María Ramírez Moreira, este artista es portador de “una filosofía fundada en el grito del silencio”. El artista sobrepasa lo simplemente físico y corporal del ser humano.

Vienen las imágenes para recordarnos que somos parte de sus conflictos desmenuzados y que debemos poner en libertad a la libertad de entre las sombras de nuestra vulgar cotidianidad. El creador nos empuja hacia sus antítesis visuales y asumimos que nuestras manos se hallan en nuestras almas: Manuel Antonio Cuevas Vidueiro o la elocuencia de su expresividad compartida, porque al adentrarse en su mundo creativo, el espectador está obligado a situarse en la otra perspectiva: situarse ante el caballete y tomar el pincel.

El preciosismo se halla presente hasta en el dramatismo de la humanidad, muy especialmente, en los desarraigos del hombre, en las pérdidas de creencias y sus valores. Por aquí están las ciertas coordenadas de este joven artista. Así, por ejemplo, para Vidueiro no es cuestión de emigrar de geografías ni de latitudes económicas, todo se traduce en la verdadera emigración del alma y en su convincente fructificación en la otra ribera. Se capta hasta la caída de las lágrimas sobre la maleta de la despedida. Un avión aguarda.

Lo admirable también reside en adentrarse en las tonalidades del color Vidueiro para conceptualizar su existencialismo, particularmente, en apreciar sus negros y sepias en decidida armonía visual. Bienvenida sea esta fortaleza.

Se trata de una factura que se hace más tangible por la limpieza impecable del dibujo en tanto primera letra del abecedario de las artes plásticas.

El artista es capaz de concentrar bajo una sombrilla los sufrimientos, de tal suerte que todos nos cobijamos bajo la sombra de un buen árbol, como si estuviéramos pensando el dolor para convertirlo en la sempiterna esperanza, tal vez, como hubiera deseado Auguste Rodin.

Sin embargo, Manuel Antonio Cuevas Vidueiro va más allá de su propio horizonte, reelabora su pasado joven y se va re-contextualizando a sí mismo. No resultan gratuitas sus instalaciones y performances. Se nos aparece con mixturas y collages para rememorar pasajes bíblicos y transparentarlos en escenas cotidianas de este trópico nuestro de cada día. Trópico cubano, palmeras que ansían su verde para recuperar cubanía. No ha de dudarse que la sapiencia de un joven Ingeniero Químico sea la alquimia benefactora de una depurada combinación de dibujo, composición y colorística para ofrecer esa cubanía ansiada.

M. Sc. Manuel Gómez Morales
Presidente de la Asociación de Escritores, Comité Provincial UNEAC. Santiago de Cuba, junio de 2023