Autorretratarme: apuntes para una biografía en proceso
Hablar de mí es, inevitablemente, hablar de los lugares que me habitan. No concibo mi trayectoria —ni la personal ni la creativa— separada de los entornos que me han moldeado. Vengo de espacios saturados de estímulos: olores que se mezclan, ruidos que compiten entre sí, presencias humanas que se superponen sin descanso. El mar, cercano o imaginado, siempre ha estado ahí como una frontera viva; la ciudad, con sus ritmos desiguales y su desgaste cotidiano, fue mi primer espejo.
Muy pronto comprendí que el rostro no es solo una superficie, sino un territorio. Mis manos —manchadas de trabajo, de intentos, de errores— han sido testigos de un proceso que no ha seguido caminos lineales. Me formé desde el autodidactismo, la observación insistente y la necesidad de entrenarme una y otra vez, combinando estudios formales con talleres, asesorías y aprendizajes que surgieron más del intercambio humano que de los programas establecidos. Cada paso fue una forma de curación lenta, como esos procesos que necesitan tiempo y paciencia para llegar a su punto justo.
Nunca me interesaron los formatos cómodos ni las soluciones previsibles. El gran formato apareció pronto como un reto inevitable, casi físico, en el que el cuerpo entra en diálogo directo con la obra. En ese enfrentamiento surgió una constante: el rostro. No como identidad cerrada, sino como campo de batalla. Cada imagen fue, y sigue siendo, un intento de comprender mis propios estados, mis reacciones, mis fracturas y mis proyecciones como individuo dentro de una realidad social compleja y muchas veces hostil.
Con los años, mi trabajo empezó a circular en exposiciones personales y colectivas, espacios que no viví como metas, sino como estaciones de tránsito. Cada muestra marcó un momento de mi biografía emocional: la piel como frontera, la espera como conflicto, la mirada dirigida hacia lo alto en busca de sentido, el silencio impuesto o elegido como mecanismo de defensa. Algunas de esas experiencias superaron expectativas ajenas; para mí, todas fueron necesarias.
He participado como creador, como jurado y como observador crítico del contexto artístico que me rodea. Sin embargo, nunca he dejado de sentirme en proceso. A una edad en la que suelen concentrarse las crisis, las rupturas y las redefiniciones, entendí que mi trabajo no podía separarse de una postura ética: asumir la creación como un ejercicio de responsabilidad, de cuestionamiento social y de resistencia íntima.
De esa postura nace lo que he llamado Autorretrativismo. No como una categoría estética cerrada, ni como una reiteración narcisista del yo, sino como una herramienta crítica. Autorretratarme es examinarme, desmontarme y volver a armarme desde mis vínculos con los otros, desde mis desarraigos, mis inadaptaciones y mis aspiraciones. No me interesa el existencialismo vacío; me interesa el ser humano atravesado por su tiempo: vulnerable, inconcluso, contradictorio.
Mi obra es, en esencia, una galería de estados. Rostros que no buscan agradar, sino interpelar. Entornos cargados de angustia y, al mismo tiempo, de una esperanza obstinada. En cada imagen late la necesidad de restaurarnos, de salvar algo de nosotros mismos antes de que el espejo deje de devolvernos una mirada reconocible. Quizá por eso sigo trabajando: porque aún no termino de encontrar mi rostro, y porque sé que, en esa búsqueda, otros también se descubren.

